Solo 6 de cada 10 mujeres participan del mercado de trabajo remunerado

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En Argentina, el 62% de las mujeres de entre 16 y 59 años participan del mercado laboral, lo que representa una brecha de 19 puntos porcentuales con respecto a la participación laboral de los varones (81%). Las mujeres enfrentan mayores obstáculos para insertarse en el mercado de trabajo, acceder a empleos de calidad, sostener sus trayectorias laborales y ocupar puestos de decisión.

La mitad de las ocupadas trabaja a tiempo parcial, comparado con 1 de cada 4 varones. Aquellas que consiguen trabajo se desempeñan de manera informal, reciben remuneraciones más bajas, participan en sectores menos dinámicos e, incluso, transitan más a la inactividad o el desempleo.

En las últimas décadas, las mujeres protagonizaron un enorme cambio cultural en Argentina, la región y el mundo. Desde la segunda mitad del siglo XX, comenzaron a incorporarse al mercado de trabajo, y muchos hogares dejaron de tener un único ingreso, poniendo en jaque el modelo del “varón proveedor”. Esta revolución, sin embargo, no se replicó al interior de los hogares, donde ellas siguen siendo las principales responsables de las tareas domésticas y del cuidado de los hijos. Mientras casi todas las mujeres trabajan en el hogar, solo 6 de cada 10 varones lo hacen y, en promedio, dedicando la mitad del tiempo que ellas (3 contra 6 horas).

Las mujeres incrementaron su participación laboral fuertemente en la década del noventa, compensando los ingresos de los hogares por una disminución del nivel y calidad del empleo de muchos varones. Pero entre 2003 y 2018, este indicador se estancó en torno al 60% y la brecha por género en el tiempo se estabilizó. Estas brechas son un problema porque vulneran los derechos de las mujeres y comprometen su autonomía, entendida como la capacidad para tomar decisiones libres sobre la vida, en este caso, a partir del acceso a recursos económicos propios. Las mujeres están más presentes que sus pares varones en la economía informal, con un menor acceso a prestaciones de la protección social.

A partir de la crisis de 2001-2002, la evolución de la informalidad tuvo una tendencia a la baja. Sin embargo, desde 2011, la tasa de trabajadoras no registradas se mantuvo estable en torno al 36%, mientras para los varones este valor es de 32%. Las mujeres además tienen mayor participación en los sectores económicos menos dinámicos y que generan menores ingresos. Esta segregación sectorial replica la división sexual del trabajo y la asignación cultural de roles de género. El 57% de las mujeres se concentra en cuatro sectores: comercio (17%), trabajo doméstico (17%), educación (15%) y salud (8%). A excepción de comercio, la fuerza laboral de los sectores mencionados está compuesta en más de un 65% por mujeres, llegando incluso al 97% en el sector de trabajo doméstico.

Las brechas de género en el mercado de trabajo se amplifican cuando se tienen en cuenta ciertas variables: tenencia de hijos, nivel educativo y edad. Para las mujeres sin hijos, su participación se había estancado en los años noventa para aquellas con educación baja y media, y desde los años ochenta para las más educadas. Cuando hay hijos menores de 18 años en el hogar, la brecha por género en la actividad aumenta, ya que los varones con hijos incrementan su participación en mayor medida que las mujeres madres. Es notorio que no solo la presencia de hijos afecta la participación económica, sino que un número mayor de niños en el hogar se correlaciona con una mayor brecha de género en la tasa de actividad, lo que refleja la fuerte familiarización y feminización del cuidado en Argentina.

Las personas con más años de educación muestran tasas de participación más altas. Sin embargo, en el caso de ellas, a pesar de estar mejor calificadas que los varones –con mayores niveles educativos en promedio–, las mujeres siguen subrepresentadas en puestos de jefatura y dirección. Ellas ocupan solo un 34% de los cargos de dirección en el sector privado y un 31% de los puestos de alta dirección en el sector público.

Finalmente, si bien en Argentina no se evidencia una importante brecha salarial, medida por hora trabajada para un mismo puesto en un mismo sector, sí hay una brecha de ingresos que se sitúa entre el 22% y el 35%. Esta cifra es el síntoma de muchas otras cuestiones: las mujeres trabajan menos horas, en sectores peor remunerados, tienen mayores tasas de empleo no registrado, tienen trayectorias laborales interrumpidas y son minoría en puestos de liderazgo, entre otros.

El cambio se genera entre todos y todas 

Hace unos días se llevó adelante el encuentro “Estereotipos, el fin de una época” organizado por el Consejo Publicitario Argentino (CPA), para reflexionar junto a anunciantes, medios y agencias acerca de los prejuicios de género en las comunicaciones y cómo erradicarlos. Para ello, fue presentado un compromiso de buenas prácticas por una comunicación sin estereotipos.

Durante la jornada, además, el CPA presentó su nueva campaña “Cosas Como Estas”, que cuenta con el apoyo técnico de CIPPEC, creatividad de la agencia Mercado McCann y la curaduría de género de Interbrand. Su objetivo es fomentar la equidad laboral de género y concientizar sobre los condicionamientos que existen a partir de las normas patriarcales de género y los estereotipos asociados, y cómo estos influyen en el desarrollo de las personas en el mercado de trabajo. Se trata de una campaña de bien público, que busca visibilizar y promover la deconstrucción de normas y brechas que afectan negativamente la trayectoria de mujeres y varones en el mercado de trabajo.

Lo que se busca con esta campaña es mostrar que no solo las leyes o normas formales condicionan nuestra conducta, sino que, frecuentemente, nuestros comportamientos cotidianos son el resultado del aprendizaje de normas y expectativas sociales mucho más sutiles e implícitas. Algunas de estas refieren al comportamiento que se espera de cada persona según su género. Cuando las internalizamos, nos comportamos y reproducimos estereotipos sobre varones, mujeres y otras identidades de género. La identificación y deconstrucción de estas normas de género perjudiciales es una tarea que interpela a todos y todas: tanto el Estado, como el sector privado, los sindicatos, la sociedad civil y las familias podemos contribuir a crear una sociedad más justa.

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